
Ostende, en la costa de Bélgica, es una ciudad que combina a la perfección su pasado como destino aristocrático con su esencia marinera. Conocida como la “reina de la costa belga”, Ostende fue durante décadas el lugar elegido por la realeza y la alta sociedad europea para pasar sus veranos junto al Mar del Norte. Hoy, esa mezcla de elegancia histórica y ambiente portuario sigue siendo su mayor atractivo.
Historia de Ostende
Para entender a esta ciudad hay que mirar al pasado. Lo que hoy es una animada ciudad costera fue en sus orígenes una pequeña aldea de pescadores situada en una isla frente a la costa. Con el paso del tiempo, su posición estratégica en el Mar del Norte la convirtió en un enclave clave, tanto comercial como militar, siendo escenario de conflictos y reconstrucciones a lo largo de los siglos .
El gran impulso llegó en el siglo XIX, cuando los reyes Leopoldo I y Leopoldo II eligieron Ostende como destino vacacional. Su puerto y su comunicación al Mar de Norte la convirtieron en el destino de vacaciones de algunos reyes y grandes señores. A partir de ese momento, la ciudad se transformó en un elegante balneario europeo, atrayendo a aristócratas y viajeros de todo el continente
Un recorrido por la ciudad: Qué ver en Ostende
Y ese es precisamente su gran interés; no sus monumentos, pues en ello no puede competir ni con Gante ni con Brujas, sino sus playas y su ambiente marinero. El barrio de Visserskai refleja todo el espíritu marino y portuario de Ostende. Pero para llegar a esta zona, primero hay que recorrer sus calles y disfrutar de las vistas de unas casas que parecen anclada en aquel siglo en que fue conocida en toda Europa. Aquel enclave veraniego de finales del XIX enganchó con la corriente artística de comienzos del XX renovando de ese modo la vida en la ciudad.
Ahora, junto a esos barrios marineros, Ostende puede presumir de tener varios museos, como el del pintor James Sydney Endsor o el Museo de Arte Moderno. El arte se enlaza con la monumentalidad del que en su día fue Palacio Real y hoy es Hotel y Casino, o como la Iglesia neogótica de San Pedro y San Pablo, del año 1907. De allí, podemos dirigirnos hacia la calle Kapelle, la más comercial de la ciudad para hacer nuestras compras turísticas.
Más información: museos de Ostende

Acabamos nuestro paseo por el paseo marítimo de Leopoldo I y por el parque del mismo nombre, antes de volver a despedirnos de Ostende con un recuerdo de lo que más la define: su puerto. Y por eso nuestra última visita es al Buque Escuela Mercator, lugar de amarre de las embarcaciones de recreo.

Playas de Ostende
Las playas son, sin duda, uno de sus grandes atractivos. Kilómetros de arena fina se extienden frente al Mar del Norte, creando un paisaje abierto y cambiante donde el viento, las olas y la luz crean una atmósfera muy especial. No es una playa típica mediterránea, y ahí reside parte de su encanto.
Pasear por la orilla al atardecer, con el sonido de las gaviotas y el horizonte infinito, es una de las experiencias más auténticas que puedes vivir aquí.
El puerto de Ostende
Es el alma de la ciudad. Durante siglos ha sido uno de los puntos más importantes de conexión entre Bélgica y el Reino Unido, llegando a ser un puerto clave de transporte marítimo y comercio .
Hoy, aunque ha perdido parte de ese protagonismo, sigue siendo un lugar lleno de vida. Pasear por sus muelles, ver los barcos entrar y salir o descubrir rincones como el barco Mercator permite entender la auténtica esencia marinera de Ostende.
Para saber más sobre la ciudad:




