
Cada septiembre, en Namur, capital de Valonia, la ciudad entera se prepara para una de sus citas más queridas: el Combate de Zancos en Namur. No hablamos de un simple juego callejero ni de un espectáculo turístico, sino de una tradición viva que ha acompañado a los namurenses durante más de seis siglos.
El escenario es la plaza Saint-Aubain. Allí, dos bandos rivales se enfrentan sobre zancos de madera en un combate donde equilibrio, destreza y rivalidad festiva se combinan con un ambiente de música, colores y pasión colectiva. En 2021, este ritual fue reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, confirmando lo que los habitantes de Namur ya sabían desde hace siglos: que el combate de zancos es mucho más que un entretenimiento; es el alma de la ciudad.
Los orígenes medievales del combate de zancos en Namur
Para entender cómo empezó todo, hay que viajar al año 1411, cuando un edicto mencionaba por primera vez los zancos en Namur. En aquella época, no eran juguetes, sino herramientas útiles para sortear charcos, lodo o las crecidas del río Mosa. Los niños, sin embargo, comenzaron a utilizarlos para jugar, y de la diversión nació la competición: ¿quién resistía más tiempo en pie?, ¿quién lograba derribar a su adversario?
Con el paso de los años, estos juegos espontáneos se convirtieron en auténticos espectáculos públicos. En carnavales y festividades, los zancudos se enfrentaban ante la mirada entusiasta de los vecinos. Tan populares se hicieron, que los combates llegaron a reunir a miles de participantes, un verdadero hervidero de zancos entrechocando en medio de la plaza.
La fama traspasó las murallas de Namur. Reyes y emperadores como Carlos V, Felipe II o Luis XIV disfrutaron de estos combates durante sus visitas a la ciudad. Incluso Pedro el Grande de Rusia y Napoleón Bonaparte asistieron a estas luchas singulares, convirtiéndolas en un símbolo de hospitalidad y orgullo local. Lo que había empezado como un pasatiempo medieval ya era, en los siglos XVI y XVII, un auténtico emblema de identidad ciudadana.
La división en bandos: Mélans y Avresses
Desde muy temprano, los zancudos se organizaron en dos equipos rivales, que se convirtieron en auténticas “familias” dentro de la ciudad:
- Los Mélans, originarios del casco antiguo, con zancos pintados de amarillo y negro.
- Los Avresses, vinculados a los barrios nuevos y los suburbios, con zancos de rojo y blanco.
En el pasado, la pertenencia dependía del lugar de residencia. Si nacías en el centro, eras Mélan; si venías de las afueras, Avresse. Hoy en día la elección es más flexible, aunque sigue habiendo un fuerte peso de la tradición familiar. Muchas veces, los hijos heredan la afiliación de sus padres y continúan la saga en el mismo bando, orgullosos de defender sus colores.
Pero no basta con querer participar: para convertirse en zancudo hay que aprender el arte del equilibrio. La asociación “Les Échasseurs Namurois” enseña a los niños desde muy jóvenes. Primero se familiarizan con los zancos, luego aprenden a caminar y correr, y finalmente se entrenan en el choque y el empuje contra otros jugadores. Solo cuando han demostrado habilidad, fuerza y resistencia, pueden formar parte de los combates oficiales.
Participar en la gran fiesta de septiembre no es solo cuestión de técnica: exige también compromiso con la tradición, respeto por el adversario y un auténtico espíritu de compañerismo. Los zancudos no se consideran simples deportistas, sino guardianes de un patrimonio que pertenece a toda la ciudad.
El combate: reglas y desarrollo
El funcionamiento es sencillo de explicar pero difícil de ejecutar: el objetivo es derribar al rival. Si un zancudo cae al suelo, queda automáticamente eliminado. El equipo vencedor es aquel que consigue dejar en pie únicamente a sus propios miembros.
El espectáculo arranca con un desfile ceremonial. Los dos bandos marchan hacia la plaza acompañados de tambores, estandartes y música tradicional. El ambiente es eléctrico: familias enteras llenan las calles, los niños ondean banderas con los colores de sus favoritos, y la expectación crece hasta que suena el primer toque que da inicio al combate.
En cuestión de minutos, la plaza se convierte en un campo de batalla peculiar. Los zancos chocan, los jugadores se empujan, algunos logran mantenerse en equilibrio mientras otros ruedan por el suelo entre los vítores del público.
El momento culminante llega con el Combate del Zancudo de Oro. Tras la victoria de uno de los bandos, los vencedores se enfrentan entre sí en un “todos contra todos”. El último zancudo en pie recibe el prestigioso trofeo: un Zanco de Oro, símbolo de destreza y orgullo que se recuerda durante años.
Evolución de la fiesta en estos últimos siglos
A lo largo de los siglos, el combate de zancos en Namur ha vivido épocas de esplendor y también momentos difíciles. Durante el siglo XIX, la práctica estuvo a punto de desaparecer, pero la comunidad siempre encontró la forma de mantenerla viva.
En el siglo XX, con la creación de las Fiestas de Valonia, la tradición se consolidó como la gran atracción del programa festivo. Miles de personas acuden cada año a Namur para ver a los Mélans y Avresses revalidar su rivalidad amistosa.
El siglo XXI ha traído nuevas transformaciones. En 2011, la ciudad celebró con orgullo el 600º aniversario de la tradición, con un festival mundial del zanco en el que participaron delegaciones de cuatro continentes. Y en 2022 se dio un paso histórico: por primera vez, se celebró un combate femenino, abriendo la puerta a la inclusión plena en una tradición que hasta entonces había sido protagonizada casi en exclusiva por hombres.
Joust on stilts, Patrimonio UNESCO
El 16 de diciembre de 2021 marcó un antes y un después en la historia del combate de zancos: la UNESCO lo inscribió oficialmente en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Este reconocimiento internacional no solo aseguró su preservación, sino que también lo presentó al mundo como un ejemplo de cómo una costumbre local puede convertirse en un símbolo de identidad y cohesión. Para los namurenses fue un motivo de orgullo colectivo: siglos de historia, esfuerzo y pasión quedaban consagrados en un registro que protege las tradiciones más valiosas del planeta.
Significado cultural y social
El combate de zancos en Namur no es un espectáculo congelado en el pasado. Es una práctica viva, que evoluciona al ritmo de la sociedad y mantiene intacta su capacidad de unir a generaciones enteras.
Para los habitantes de Namur, es símbolo de identidad y pertenencia.
Para los jóvenes, es una escuela de disciplina, equilibrio y respeto.
Para las familias, es una tradición que se transmite de padres a hijos, reforzando los lazos comunitarios.
Y para el público, tanto local como internacional, es un espectáculo vibrante, único en el mundo, que mezcla deporte, arte y celebración.
Hoy, los zancudos no solo actúan en su ciudad, sino que también viajan a festivales internacionales y representan a Namur en eventos de gran escala, convirtiéndose en embajadores de un patrimonio que se adapta y se reinventa sin perder su esencia.
Lo que nació como un juego medieval se ha convertido en una tradición universal. El combate de zancos de Namur combina historia, identidad y fiesta popular en un mismo ritual que, cada septiembre, llena la ciudad de música, colores y rivalidad sana.
Reconocido por la UNESCO, celebrado por su gente y admirado por el mundo, este combate es la prueba de que la cultura no es solo un recuerdo del pasado: es una herencia viva que se alimenta de la pasión de quienes la practican.
Ser Mélan o Avresse no es simplemente defender un color; es formar parte de una historia de seis siglos que sigue escribiéndose con cada combate. Y para los namurenses, no hay orgullo mayor que ser, ante todo, zancudo de Namur.
Más información sobre Namur
Más sobre los patrimonios belgas de la Uneseco





