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Guillermo I de Orange-Nassau

Tras asistir a la Edad Media belga y la Edad Moderna, llegamos por fin al momento cumbre de la historia del país. Bélgica proclama su independencia. El 31 de mayo de 1815 las grandes potencias firmaban en Viena el nacimiento del Reino de los Países Bajos, que conformarían Bélgica, Holanda y Luxemburgo. El primer rey sería Guillermo I de Orange-Nassau.

Todo parecía perfecto, sobre el mapa la unión de todos era correcta, casi familiar. Por una parte se unían las economías de dos países ricos e importantes, como la industria belga y la agricultura holandesa, mientras que por otra contaban con el puerto de Amberes, puerto que garantizaba el comercio y la prosperidad del cada más creciente comercio colonial.

Pero, claro, no todo iban a ser privilegios y buenas intenciones. Los profundos contrastes que había entre las dos comunidades, divididas por la lengua, las tradiciones y la religión, eran difíciles de erradicar y suponían siempre un motivo de enfrentamientos y disputas. Los descarados intentos de flamenquización de las provincias valonas y la adjudicación a Bélgica del gran déficit holandés fueron las gotas que colmaron el vaso de todos.

Tanto es así que, el 25 de agosto de 1830, estalló la revolución en Bruselas. El 21 de julio de 1831 Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha era coronado rey de los belgas. La expansión económica y colonial transformó rápidamente el país, convirtiéndolo en uno de los más prósperos de Europa. El nuevo Estado resistió bien las tensiones derivadas de las dos comunidades, que aún hoy perduran, y las trágicas consecuencias de las dos guerras mundiales, que tanto castigó a Bélgica.

Desde 1971 Bélgica es un estado federal dividido en varias áreas lingüísticas: Flandes, Valonia, cantones de habla alemana y Bruselas. En ésta última los contrastes son notables por la fragmentación de los dos grupos lingüísticos. En 1977 los cantones alemanes se unieron a Valonia.

A partir de 1948 Bélgica estableció la unión aduanera con Holanda y Luxemburgo, en lo que se conoce desde entonces como el Benelux. En ese año también pasó a formar parte de la OTAN, y en 1957 entró en la Comunidad Europea. Precisamente, Bruselas es la sede de esta organización, además de albergar la ONU, la OSCE y la OCDE.

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