Ostende, ciudad balneario

Reloj de sol de flores en Ostende Bélgica

Corría el siglo XIX cuando Leopoldo I y Leopoldo II decidieron convertir Ostende en una ciudad balneario destinada al turismo de verano. Su puerto y su comunicación al Mar de Norte la convirtieron en el destino de vacaciones de algunos reyes y grandes señores.

Y ese es precisamente su gran interés; no sus monumentos, pues en ello no puede competir ni con Gante ni con Brujas, sino sus playas y su ambiente marinero. El barrio de Visserskai refleja todo el espíritu marino y portuario de Ostende. Pero para llegar a esta zona, primero hay que recorrer sus calles y disfrutar de las vistas de unas casas que parecen anclada en aquel siglo en que fue conocida en toda Europa. Aquel enclave veraniego de finales del XIX enganchó con la corriente artística de comienzos del XX renovando de ese modo la vida en la ciudad.

Ahora, junto a esos barrios marineros, Ostende puede presumir de tener varios museos, como el del pintor James Sydney Endsor o el Museo de Arte Moderno. El arte se enlaza con la monumentalidad del que en su día fue Palacio Real y hoy es Hotel y Casino, o como la Iglesia neogótica de San Pedro y San Pablo, del año 1907. De allí, podemos dirigirnos hacia la calle Kapelle, la más comercial de Ostende para hacer nuestras compras turísticas.

Acabamos nuestro paseo por el paseo marítimo de Leopoldo I y por el parque del mismo nombre, antes de volver a despedirnos de Ostende con un recuerdo de lo que más la define: su puerto. Y por eso nuestra última visita es al Mercator, lugar de amarre de las embarcaciones de recreo.

Para saber más sobre la ciudad: turismo en Ostende

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