Las dos revoluciones de Bélgica

Puentes de Lieja

Entre los años 1789 y 1795 se produjo la conocida como Revolución de Lieja, que terminó con las monarquías imperantes en la región tras casi 800 años de permanencia. Existen dos interpretaciones sobre las motivaciones que llevaron a dicha revolución. Por una parte están quienes afirman que fue una especie de reacción ante la Revolución Brabanzona que se produjo en los Países Bajos austríacos. Por otra parte, hay quienes sostienen que la Revolución de Lieja fue una extensión de la Revolución Francesa (1789) y que se prolongó por distintos motivos hasta el año 1795. Sea como fuere, la revolución terminó con la disolución del principado y la anexión de Lieja a la República de Francia.

Fue durante este periodo cuando se destruyó la Catedral de Saint-Lambert, que se encontraba frente al Palacio de los Príncipes Obispos, y de la cual aun podemos imaginar las proporciones por las columnas de metal que marcan los lugares donde se situaban los pilares originales. Como contrapartida, se eligieron por primera vez a diputados que representarían al pueblo liejense en el año 1792.

La Revolución brabanzona, ocurrida en los países bajos bajo dominio austríaco, se produjo a raíz de una serie de reformas (tanto de carácter político como religioso) que José II pretendía imponer. Ante la derrota del ejército imperial (en la batalla de Turnhout en 1789), la revolución continúa, enarbolando los principios de independencia estatal y también trae consigo la fundación, en el año 1790 de la Confederación de Estados Belgas Unidos. Tristemente, el anterior sistema de gobierno se restablece ante la imposibilidad de acuerdo entre los partidos políticos católicos y liberales.

Un personaje imprescindible en la historia revolucionaria de Bélgica fue el periodista Louis de Potter, quien desde la prisión se encargó de redactar gran cantidad de panfletos que eran después repartidos en las diferentes regiones del país. Se cuenta que, cuando Louis de Potter salió de prisión y se dirigía a Bruselas acompañado por una multitud, acuñó la frase que acompañaría a los belgas hasta el final de la revolución: «La unión hace la fuerza».

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